LA VIDA DE ELÍAS

por Arturo W. Pink

ÍNDICE


Introducción

La dramática aparición de Elías
El cielo cerrado
El arroyo de Querit
La prueba de la fe
El arroyo seco
Elías en Sarepta
Los apuros de una viuda
El Señor proveerá
Una Providencia oscura
Las mujeres recibieron sus muertos por resurrección
Frente al peligro
Frente a Acab
El alborotador de Israel
La llamada al  Carmelo
El   reto   de   Elías
Oídos que no oyen
La confianza de la fe
La   oración   eficaz
La   respuesta  por  fuego
El sonido de una grande lluvia
Perseverancia en la oración
La huida
En el  desierto
Abatido
Fortalecido
La cueva de Orbe
El silbo apacible y delicado
La   restauración   de   Elías
La viña de Nabot
El pecador descubierto
Un mensaje aterrador
La última misión de Elías
Un instrumento de juicio
La partida de Elías
El carro de fuego

LA PARTIDA DE ELIAS

La partida de Elías de este mundo fue aun más asombrosa que su entrada en la escena de la vida pública; empero, el carácter sobrenatural de su partida no fue sino el fin apropiado de su meteórica carrera. Esta no fue una carrera común, y ningún final diferente al que fue hubiera parecido el adecuado. Dondequiera que fue le acompañaron milagros diversos, y fue un milagro, también, lo que se produjo el día de su salida de la escena. Había servido durante tiempos tenebrosos; una y otra vez hizo descender juicios divinos sobre los obradores de maldad, y al fin un "torbellino” le arrebató a él de esta tierra. En respuesta a su oración "cayó fuego de Jehová” sobre el monte Carmelo, y de nuevo sobre los que procuraban matarle (II Reyes 1:12); y cuando llegó el fin, "un carro de fuego con caballos de fuego" le apartó de Eliseo. Al principio de su dramática carrera, declaró: "Jehová Dios de Israel, delante del cual estoy" (I Reyes 17:1); y al final de la misma fue arrebatado de modo misterioso para estar en Su presencia sin pasar por los portales de la muerte. Antes de mirar de modo más detenido a esta salida sobrecogedora, repasemos brevemente su vida, hagamos un sumario de sus rasgos principales, y tratemos de hallar sus lecciones más sobresalientes.

La vida de Elías no fue la carrera de un ser sobrenatural que habitó entre los hombres por breve tiempo: no era una criatura angélica en forma humana. Es cierto que no se registra nada acerca de sus padres, de su nacimiento o de su juventud; pero el concepto de que tuviera un origen sobrehumano está completamente excluido por aquella expresión del Espíritu Santo: "Elías era hombre sujeto a semejantes pasiones que nosotros" (Santiago 5:17), También él era un descendiente caldo de Adán, acosado por las mismas inclinaciones depravadas, sujeto a las mismas tentaciones, abrumado por el mismo diablo, enfrentado a las mismas pruebas y oposición que tienen que experimentar tanto el que esto escribe como el que lo lee. Así, confió en el mismo Salvador, caminó por la misma fe, y tuvo todas sus necesidades suplidas por el mismo Dios misericordioso y fiel que nosotros. El estudio de su vida es particularmente pertinente en el día de hoy, por cuanto nos toca vivir tiempos que se parecen mucho a los suyos. Las lecciones a las que su, vida sirvió de ejemplo e ilustración, son diversas y valiosas; las principales de las cuales hemos procurado señalar en este libro. Nuestra presente tarea es hacer un sumario de los puntos más importantes.

1. Elías fue un hombre que caminó por fe y no por vista, y caminar por fe no es una cosa nebulosa o mística, sino una experiencia intensamente práctica. La fe hace mucho más que descansar en la letra de la Escritura: trae al Dios vivo a una escena de muerte, y capacita al que la tiene a sufrir “viendo al Invisible”. Cuando la fe está en ejercicio de modo real, mira más allá de las circunstancias penosas y perturbadoras y se ocupa de Aquel que regula todas las cosas. Fue la fe en Dios lo que capacitó a Elías a permanecer junto al arroyo de Querit donde fue alimentado por los cuervos. El escéptico cree que la fe es una mera credulidad o una especie de fanatismo religioso, porque no conoce el fundamento en el cual descansa. El Señor habla dicho a su siervo: "Yo he mandado a los cuervos que te den allí de comer", y el profeta "creyó ser fiel el que lo había prometido", y por lo tanto no fue confundido. Y esto está registrado para nuestro aliento. La fe mira más allá de la promesa, al que la hace, y Dios nunca deja a aquellos que confían en V solamente y dependen por completo de Él.

Fue la fe lo que movió a Elías a morar con la viuda abandonada de Sarepta, cuando ella y su hijo estaban a punto de morir de hambre. Para el instinto natural parecería cruel el imponer su presencia allí; para la razón carnal parecería una conducta suicida. Pero Jehová había dicho: "Yo he mandado allí a una mujer viuda que te sustente”, y el profeta no dudó de la promesa de Dios. La fe mira y depende en el Dios vivo, para quien nada es demasiado difícil. Nada, querido lector, honra tanto a Dios como la fe en P I, y nada le deshonra tanto como nuestra incredulidad. Fue por fe que Elías regresó a Jezreel y arrancó las barbas del león en su misma guarida, diciendo a Acab cuál iba a ser su trágico fin y anunciándole el juicio terrible que caería sobre su mujer. "La fe es por el oír; y el oír por la palabra de Dios” (Romanos 10:17): Elías oyó, creyó y obró. SI, obró, por cuanto una fe sin obras no es más que una fe muerta y sin valor. La obediencia no es más que fe en ejercicio, dirigida por la autoridad divina, respondiendo a la voluntad divina.

2. Elías fue un hombre que caminó en separación manifiesta del mal que le rodeaba. La conducta prevaleciente hoy en la cristiandad es caminar del brazo del mundo, para aparecer sociables" a fin de ganar a los jóvenes. Se arguye que no podemos esperar que asciendan a un plano espiritual; así que el único modo de que el cristianismo pueda ayudarles es descendiendo al de ellos. Pero este razonamiento de "hagamos males para que vengan bienes" no tiene apoyo en la Palabra de Dios, sino más bien una refutación enfática y condenatoria. "No os juntéis en yugo con los infieles” (II Corintios 6:14); "no comuniquéis con las obras infructuosas de las tinieblas” (Efesios 5:11), son sus demandas perentorias. "¿No sabéis que la amistad del mundo es enemistad con Dios? Cualquiera pues que quisiere ser amigo del mundo, se constituye enemigo de Dios” (Santiago 4:4), es tan verdad en este siglo veinte como lo era en el primero, por cuanto jamás el hacer lo malo será recto. Dios no ha llamado a su pueblo para "ganar el mundo para Cristo”; por el contrario, les requiere a que, por sus vidas, testifiquen contra él.

Lo más notable de Elías fue su separación intransigente del mal que prevalecía alrededor suyo. No le encontramos nunca confraternizando con las degeneradas gentes de aquellos tiempos, sino reprendiéndoles constantemente. Era, en verdad un “extranjero y peregrino” No hay duda de que muchos le tacharon de egoísta, de insociable, y de que adoptaba una actitud que daba a entender que se consideraba mejor que los demás. Pero, lector, no podemos esperar que los religiosos nominales, los que mantienen una profesión de fe vacía, entiendan tus móviles y tu modo de obrar: “el mundo no nos conoce" (I Juan 3:1). Dios deja a su pueblo en este mundo para que testifique de Cristo. Por ello se nos exhorta a salir "a É1 fuera del real, llevando su vituperio” (Hebreos 13:13); no podemos andar con Cristo a menos que estemos donde está su Espíritu, es decir, alejados de todo lo que le deshonra y de las multitudes apostatas que repudian al Señor Jesús, y ello implica de modo inevitable el llevar su vituperio.
3. Elías era un hombre de una notable elevación de espíritu. Nos referimos al hecho de que encontremos al profeta una y otra vez "en el monte”. La primera referencia que tenemos de él se encuentra en 1 Reyes 17:1, donde se nos dice que era "de los moradores de Galaad”, una región montañosa. Su victoria memorable sobre los falsos profetas tuvo lugar en el monte Carmelo. Después de matarlos a cuchillo en el arroyo de Cisón y de hablar con el rey, se nos dice que "Acab subió a comer y a beber”, mientras que Elías “subió a la cumbre del Carmelo” (18:42), lo que revelaba sus respectivos caracteres. Cuando el Señor hizo que se recobrara de su tropiezo, leemos que "caminó con la fortaleza de aquella comida cuarenta días y cuarenta noches, hasta el monte de Dios, Horeb” (19:8). Después que hubo entregado su mensaje a Ocozías, está escrito: "Y he aquí que él estaba sentado en la cumbre del monte”, II Reyes 1:9). Así pues, Elías era con toda propiedad el hombre del monte. Hay un significado místico y espiritual en esta verdad que es claro para el ojo ungido y al que hemos calificado de elevación de espíritu.

Por elevación de espíritu queremos decir mente celestial; que el corazón se levanta por encima de las cosas vanas de este mundo y que los afectos son puestos en las cosas de arriba. Este es siempre uno de los efectos o frutos del caminar por fe, por cuanto la fe tiene como causa a Dios, y V mora en las alturas. Cuanto más ocupados están nuestros corazones en Aquél cuyo trono está en el cielo, más se elevan nuestros espíritus por encima de la tierra. Cuanto más se ocupen nuestras mentes en las perfecciones del que es deleitoso, menos poder tendrán las cosas temporales para atraernos. Cuando más  moremos al abrigo del Altísimo, menos nos seducirán las fruslerías de los hombres. Este fue un rasgo prominente de la vida de Cristo: Él fue, tam¬bién, un hombre del monte. Su primer sermón lo predicó en uno. Allí pasó noches enteras. Fue transfigurado en el “monte santo”. Ascendió desde el monte de los Olivos. "Los que esperan a Jehová tendrán nuevas fuerzas; levantarán las alas como águilas” (Isaías 40:31); sus cuerpos en la tierra, sus corazones en el cielo.

4. Elías fue un poderoso intercesor. Sólo el que anda por fe, el que está separado totalmente del mal que le rodea y el que se caracteriza por su elevación de espíritu, está calificado para este trabajo santo. El hecho de que la intercesión de Elías prevaleciese está registrado no sólo para causarnos admiración sino para que lo emulemos. No hay nada mejor para animar y estimular al cristiano cuando se acerca al trono de la gracia que recordar el modo en que unas criaturas tan frágiles y limitadas como él, pecadores indignos e inútiles, suplicaron a Dios en la angustia y obtuvieron respuestas milagrosas. Dios se deleita en que le pongamos a prueba, y por ello ha dicho: "Al que cree todo es posible” (Marcos 9:23). La vida de Elías constituyó un ejemplo maravilloso de ello, y lo mismo debería ser la nuestra. Pero nunca tendremos poder en la oración si cedemos a un corazón malo e incrédulo o fraternizamos con hipócritas religiosos, o estamos absortos en las cosas temporales y de los sentidos. La fe, la fidelidad y la espiritualidad son requisitos necesarios.

En respuesta a la intercesión de Elías, los cielos se cerraron y no llovió en absoluto durante tres años y medio. Ello nos enseña que el motivo supremo de, todas nuestras súplicas ha de ser la gloria de Dios y el bien de su pueblo  las principales lecciones que Cristo inculcó en la oración modelo. Nos enseña, también, que hay ocasiones cuando el siervo de Dios puede pedir a su Señor que administre juicio a sus enemigos. Las enfermedades graves requieren medicinas fuertes. Hay ocasiones en que es justo y necesario que el cristiano pida a Dios que haga descender la vara de su castigo sobre su pueblo caldo y apartado de Él. Leemos que Pablo entregó a Satanás algunos que habían naufragado en la fe para que aprendiesen a no blasfemar (1 Timoteo 1:20). Jeremías pidió al Señor: "Derrama tu enojo sobre las gentes que no te conocen, y sobre las naciones que no invocan tu nombre” (10:25). El Señor Jesús intercedió, no sólo en favor de los suyos”, sino también contra judas y su familia (Salmo 109).

Pero hay un aspecto más agradable de la eficacia de la intercesión de Elías que el que hemos considerado en el párrafo último. Fue en respuesta a su oración que el hijo de la viuda volvió a la vida (1 Reyes 17:19 22). Qué prueba más grande de que no hay nada demasiado difícil para el Señor; de que puede y quiere cambiar la situación que parece más desesperada, en respuesta a las súplicas de fe. ¡Qué posibilidades abre ello a la oración confiada e insistente! La necesidad más extrema del hombre es, en verdad, la oportunidad de Dios: la de mostrarse fuerte a nuestro favor. Pero no olvidemos que tras la intercesión del profeta había un motivo más elevado que el de consolar el corazón de la viuda: que su Señor fuera glorificado y que fueran vindicadas las demandas del profeta. Este punto, aunque a menudo pasado por alto, es muy, importante. Los padres cristianos están deseosos de que sus hijos sean salvos y oran a diario por ello. ¿Por qué? ¿Es sólo para tener el consuelo que proporciona la certidumbre de que sus seres queridos han sido librados de la ira que vendrá? ¿0 es para que Dios sea glorificado por su regeneración?

Fue en respuesta a la intercesión de Elías que descendió fuego del cielo que consumió el holocausto. También esta petición se basaba en el deseo de que el Señor reivindicara su grande y santo nombre delante de la vasta muchedumbre de su pueblo vacilante y de paganos idólatras: "Sea hoy manifiesto que Tú eres Dios en Israel” (I Reyes 18:36). Como señalábamos en uno de los capítulos anteriores, ese “fuego del Señor" ÉI, no sólo un símbolo solemne de la ira divina que hería a Cristo, sobre quien recaían los pecados de su pueblo, sino tam¬bién una sombra dispensacional de la venida del Espíritu Santo en forma visible en el día de Pentecostés, atestiguando la aceptación por parte de Dios del sacrificio de su Hijo. Así pues, la lección práctica para nosotros es tener fe al orar pidiendo más poder y bendición del Espíritu, para que podamos ser favorecidos con más manifestaciones de su presencia con y en nosotros. Podemos pedir de esa forma, como lo demuestran aquellas palabras del Señor: "Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que lo pidieren de Él?” (Lucas 11:13). Pedid fe para apropiaros de esta promesa.

Así también, fue en respuesta a la intercesión del profeta que terminó la sequía terrible: “Y otra vez oró, y el cielo dio lluvia, y la tierra produjo su fruto" (Santiago 5:18). El significado espiritual y la aplicación de ello es obvia. Las iglesias han estado en una condición seca y languideciente durante muchos años. Esto se puso de manifiesto en los recursos a los que llegaron en sus intentos de "reavivarlas” y fortalecerlas. Aun en aquellos casos en los que no se usaron medios carnales con el objeto de atraer a las gentes, fueron llamados los "especialistas" religiosos en forma de “evangelistas fructuosos” y “maestros renombrados de la Biblia”, para ayudar con reuniones especiales  un signo seguro de la mala salud de las iglesias es que se llame al médico. Pero los estimulantes artificiales pierden pronto su eficacia, y a menos que la salud sea restablecida por medios naturales, el paciente se sentirá peor que antes. Así ha sido con las iglesias, hasta tal punto que su condición muerta y seca es aparente aun para ellas mismas. Así y todo, a menos que llegue el fin del mundo, aún descenderán lluvias de bendición (aunque quizá en partes del mundo distintas de las anteriores), y llegarán a su hora establecida en respuesta a la oración de algún Elías.

5. Elías era un hombre de un valor intrépido, por lo cual no queremos decir valentía natural, sino audacia espiritual. Esta distinción es muy importante, aunque reconocida muy raramente. Hay pocos hoy día que estén capacitados para diferenciar entre lo que es de la carne y lo que es fruto del Espíritu. Sin duda alguna, la costumbre actual de definir los términos bíblicos por medio del diccionario en vez de hacerlo por el uso que de ellos se hace en las Sagradas Escrituras, no hace más que aumentar el confusionismo. Tomad como ejemplo la gracia de la paciencia espiritual: cuán a menudo se confunde con un temperamento suave y plácido; y muchos hijos de Dios, al no poseer una predisposición natural como ésta, imaginan que no tienen paciencia. La paciencia que es fruto del Espíritu Santo no es una serena ecuanimidad que nunca se irrita ante los contratiempos, ni tampoco es aquella dócil afabilidad que los insultos y las ofensas sin venganza y aún sin queja. Ello se parece más bien a la mansedumbre. Cuántos se han extrañado de las palabras: “corramos con paciencia la carrera que nos es propuesta” (Hebreos 12:1). Se crean dificultades al suponer que la "paciencia" es una gracia pasiva y no activa.

La "paciencia" cristiana no es una virtud pasiva sino una gracia activa; no una prenda natural sino un fruto sobrenatural. Tiene como consecuencia la resistencia; es lo que capacita a los santos a perseverar frente al desaliento, a mantenerse en el camino a pesar de toda oposición. Del mismo modo el “valor” cristiano no es una prenda que forme parte de é1, naturaleza, sino un don del cielo: no es una cualidad natural, sino algo sobrenatural. "Huye el impío sin que nadie lo persiga (porque le llena de terror su conciencia culpable); mas el justo está confiado como un leoncillo” (Proverbios 28:1). El que teme a Dios de veras, no siente temor alguno del hombre. Ese valor espiritual, esa audacia, ha brillado en muchas mujeres débiles, tímidas y cobardes. Muchas que hubieran temblado ante la idea de pasear a solas por un cementerio en una noche oscura, no temen confesar a Cristo aunque hacerlo les exponga a una muerte atroz. La audacia de Elías al acusar a Acab en la cara y al enfrentarse solo a un ejército de falsos profetas, no debe atribuirse a su temperamento natural sino a la obra del Espíritu Santo.

6. Elías fue un hombre que experimentó una caída triste, lo cual está registrado, también, para nuestra instrucción; no como excusa en la que escudarnos, sino como un aviso solem¬ne que debemos tener muy en cuenta. Son, en verdad, pocos los lunares del carácter de Elías; sin embargo, no alcanzó en este mundo la perfección. A pesar del modo tan notable como habla sido honrado por su Señor, el pecado no fue extirpado de su ser. El tesoro que llevaba era verdaderamente glorioso; no obstante, a Dios le pareció bien manifestarlo en un “vaso de barro”. Aunque parece asombroso, fueron su fe y su valor los que le abandonaron, ya que apartó su vista del Señor por un momento y huyó de una mujer lleno de terror. Cómo prueba ello la verdad de aquellas palabras: "Así que, el que piensa estar firme, mire no caiga” (1 Corintios 10:12). Depen¬demos por completo de Dios tanto para el mantenimiento como para la concesión de las gracias espirituales. Pero aunque cayó, Elías no fue abatido del todo. La gracia divina lo buscó, lo libró de su  desaliento, lo restableció en el camino de la justicia y renovó en él el hombre interior de tal modo que fue tan fiel y valiente como lo había sido antes de su caída.

7. Elías fue un hombre que dejó este mundo de un modo sobrenatural. Este va a ser el tema de nuestro próximo y últi¬mo capítulo.

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EL CARRO DE FUEGO

Después del encuentro de Elías con el rey Ocozías no leemos nada más de él hasta llegar a la escena final de su carrera terrestre; sin embargo, y por lo que sugiere la lectura de II Reyes 2, entendemos que sus i5ltimos días no los pasó en la inactividad. Si bien no estuvo ocupado en nada espectacular y dramático, sí fue algo bueno y útil. Parece que tanto él como Elíseo, no sólo instruían al pueblo en privado, sino que también fundaron y dirigieron seminarios o escuelas para los profetas en diversas partes del país. Aquellos hombres se preparaban para el ministerio de la lectura y la enseñanza de la Palabra de Dios, y para continuar la obra de reforma en Israel; el ministerio pedagógico de Elías y Elíseo era, pues, una ocupación útil. Esta sagrada actividad, aunque menos llamativa para los sentidos, era de mucha más importancia, por cuanto el efecto producido por el presenciar maravillas sobrenaturales, aunque conmueva por un poco de tiempo, pronto pasa, mientras que la verdad que recibe el alma mora para siempre. El tiempo que Cristo pasó enseñando a sus apóstoles produjo frutos más duraderos que los prodigios que obró en presencia de las multitudes.
Elías casi habla llegado al final de su carrera. Estaba próxima la hora de su partida; ¿en qué había, pues, de ocupar sus últimas horas? ¿Qué hizo mientras esperaba el gran cambio inminente? ¿Se encerró en un claustro para que el mundo no le molestara? ¿Se retiró a su cámara para poder dedicar sus últimas horas a la meditación, a la súplica ferviente, a hacer las paces con Dios y a prepararse para comparecer ante el juez? No, en verdad; habla hecho las paces con Dios muchos años antes y había vivido en comunión bendita con V día tras día. En cuanto a prepararse para comparecer ante el juez, no era tan necio como para dejar para el último momento ese importantísimo deber. Por la gracia de Dios, habla pasado su vida caminando con ÉI, cumpliendo sus mandatos, confiando en su misericordia y experimentando su favor. Un hombre semejante se está preparando siempre para el gran cambio. Sólo las vírgenes necias son las que están sin aceite cuando llega el Esposo. Sólo los mundanos y los impíos son los que dejan para el último momento el prepararse para la eternidad.

"Polvo eres, y al polvo serás tornado” (Génesis 3:19); el cuerpo del hombre fue formado de la tierra, y, a causa d el pecado, volverá siempre a la tierra. Habían transcurrido más de tres mil años desde que fuera pronunciada esta sentencia contra la raza caída, y Enoc había sido la única persona que se libró de la misma: ¿por qué habla de ser honrado de tal modo él en vez de Noé, Abraham o Samuel? No lo sabemos, por cuanto el Altísimo no siempre se digna dar razón de su conducta. t1 obra como quiere, y todos sus caminos están caracterizados por el ejercicio de su soberanía. En la salvación de almas  al librar a los pecadores de una condenación merecida y al concederles bendiciones inmerecidas  É1 reparte "particularmente a cada uno como quiere” (I Corintios 12:11), y nadie puede oponerse a su voluntad. Así es, también, por lo que se refiere a los que él libra de la tumba. Otro hombre estaba ahora a punto de ser transportado físicamente al cielo; pero es ocioso especular acerca de las razones de que semejante honor fuera conferido a Elías y no a otro de los profetas.

“Y aconteció que, cuando quiso Jehová alzar a Elías en un torbellino al cielo, Elías venia con Eliseo de Gilgal” (II Reyes 2:1). Su conducta al ir de un lugar a otro por  indicación divina prueba que Elías habla recibido una notificación previa de la intención llena de gracia del Señor. “Gilgal” señala el punto de partida de su viaje final, y ninguno tan apropiado como éste. Habla sido el primer lugar en el que Israel se detuvo después de cruzar el Jordán y entrar en la tierra de Canaán (Josué 4:19). Fue allí donde acampó el pueblo de Israel y donde levantaron el tabernáculo. Fue allí donde celebraron la pascua” y "comieron del fruto de la tierra” en vez del maná con el cual hablan sido alimentados milagrosamente (Josué 5:10 12). “Y dijo Elías a Eliseo: Quédate ahora aquí, porque Jehová me ha enviado a Berel” (2:2). Se han hecho varias conjeturas acerca de la razón de que Elías quisiera que Eliseo se alejara de él en aquellos momentos: que deseaba estar solo, que su modestia y humildad le hacían procurar esconder de la vista de los hombres el gran honor que iba a serle conferido, que quería evitar a su compañero el dolor de la partida, y que quería probar hasta dónde llegaban su afecto y su fe; nosotros nos inclinamos por esta última.

"Y Eliseo dijo: Vive Jehová, y vive tu alma, que no te dejaré. Descendieron pues a Betel" (v. 2). Cuando Elías le llamó por primera vez, Elíseo dijo: "Te seguiré” (I Reyes 19:20). ¿Pretendía realmente hacerlo? ¿Se le uniría hasta el fin? Elías probó su fe para determinar si su declaración estaba motivada por un impulso momentáneo o si era una resolución firme. Elíseo era sincero al decirlo, y por consiguiente, rehusó dejar a su maestro, cuando tuvo la oportunidad de hacerlo. Estaba decidido a gozar de los beneficios de la compañía y la instrucción del profeta cuanto le fuera posible, y a permanecer con él, probablemente con la esperanza de recibir su bendición final. "Descendieron pues a Betel”, que significa "la casa de Dios”. Este era otro lugar de santa memoria, ya que era donde Jehová se apareció por primera vez a Jacob y le dio la visión de la escalera mística. Allí, los "hijos de los profetas” de la escuela local fueron e informaron a Eliseo de que el Señor iba a llevarse a su maestro aquel mismo día. Les contestó que ya lo sabía y les ordenó callar (v. 3).

“Y Elías le volvió a decir: Eliseo, quédate aquí ahora, porque Jehová me ha enviado a Jericó” (v. 4). Del mismo modo que el Salvador "hizo como que iba más lejos” (Lucas 24:28), cuando quiso probar el afecto de sus discípulos en el camino de Emaús, así también el profeta dijo a su compañero: “Quédate aquí”, en Betel, lugar de tan sagradas memorias. Pero, así corno los dos discípulos "detuvieron por fuerza" a Cristo a que se quedara con ellos, así también, nada podía hacer que Elíseo se alejara de su maestro. “Vinieron pues a Jericó”, que estaba al limite de la tierra de la cual iba a partir Elías. "Y llegáronse a Eliseo los hijos de los profetas que estaban en Jericó, y dijéronle: ¿Sabes como Jehová quitará hoy a tu señor de tu cabeza? Y él respondió: SI, yo lo sé; callad (v. 5). El significado de la pregunta parece ser: ¿Por qué seguir a tu maestro con tanta tenacidad? Va a ser quitado de tu lado, ¿por qué no te quedas aquí con nosotros? Pero, como el apóstol diría más tarde, Eliseo no confirió con carne y sangre sino que se atuvo a su resolución. Ojalá nos sea dada una gracia parecida cuando somos tentados a no seguir al Señor plenamente.
“Y Elías le dijo: Ruégote que te quedes aquí, porque Jehová me ha enviado al Jordán (v. 6). Hablan recorrido un largo camino; ¿se estaba cansando Eliseo o continuarla hasta el final? Cuántos hay que corren bien por un tiempo y luego se cansan. Pero, no Eliseo. "Y él dijo: Vive Jehová, y vive tu alma, que no te dejaré. Fueron pues ambos a dos” (versículo 6). Cómo nos recuerda ello la decisión de Rut; cuando Noemí le dijo que se fuera con su cuñada, respondió: "No, me ruegues que te deje, y m 1 e aparte de ti; porque dondequiera que tú fueres, iré yo; y dondequiera que vivieres, viviré” (1:16). "Fueron pues ambos a dos”, dejando tras de sí la escuela de los profetas. El creyente joven no debe permitir que la más santa comunión con los hijos de Dios estorbe a su comunión individual con el Señor. De qué modo tan abundante fue premiada la fidelidad y la constancia de Eliseo vamos a verlo por lo que siguió.

"Y vinieron cincuenta varones de los hijos de los profetas, y paráronse enfrente a lo lejos; y ellos dos se pararon junto al Jordán” (v. 7), probablemente porque esperaban presenciar el traslado de Elías al cielo; un favor, sin embargo, que fue concedido a Elíseo solamente. Así y todo, se les permitió presenciar un milagro extraordinario: el que las aguas de] Jordán se separaran para que pudiesen pasar sin mojarse el profeta y su acompañante. Cómo se manifiesta en todo la soberanía de Dios. Las multitudes presenciaron el milagro que obró Cristo a1 multiplicar los panes y los peces, pero no todos los apóstoles presenciaron su transfiguración. Dios quiso hacer que esos jóvenes profetas supieran de la salida sobrenatural de su siervo de este mundo, mas no les fue permitido ser espectadores de la misma. No sabemos el porqué, pero el hecho es que fue así, y del mismo deberíamos aprender. Ilustra un principio que se revela en cada página del Libro Santo, y del cual la historia está llena de ejemplos: que Dios hace distinciones, no sólo entre los hombres> sino también entre los santos, entre uno de sus siervos y el otro, repartiendo sus favores como ti quiere. Y cuando alguno se atreve a discutir su absoluta soberanía, su respuesta es: "¿No me es licito a mí hacer lo que quiero con   lo mío?" (Mateo 20:15).

"Tomando entonces Elías su manto, doblólo, e hirió las aguas, las cuales se apartaron a uno y a otro lado, y pasaron ambos en seco" (v. 8). Este hecho de dividir el Jordán era un preludio adecuado de la partida del profeta hacia las alturas. Como señaló Matthew Henry, "era el preludio del traslado de Elías a la Canaán celestial, como había sido la entrada de Israel en la Canaán terrenal" (Josué 3:15 17). Elías y su compañero podían haber cruzado el río como lo hacían los demás pasajeros, por medio de la embarcación dedicada a ello, pero el Señor había determinado magnificar a su siervo en su salida del país, como lo habla hecho con Josué cuando entró, Moisés dividió el mar con su vara (Éxodo 14:16); en esta ocasión Elías dividió el río con su manto  cada uno de ellos con el emblema de su misión distintiva. Sin duda hay un significado más hondo y una aplicación más amplia a este incidente extraordinario. El “Jordán” es una figura conocida de la muerte; Elías es aquí un tipo de Cristo, del mismo modo que Eliseo debe ser considerado como el representante de todos aquellos que se adhieren a él y le siguen. M pues, aprendemos que ha sido provisto, para su pueblo, un camino seguro y fácil para atravesar la muerte, en el Señor Jesucristo.

"Y como hubieron pasado, Elías dijo a Eliseo: Pide lo que quieres que haga por ti, antes que sea quitado de contigo” (versículo 9). Esta es una prueba de que Elías habla estado probando a su compañero al decirle que se quedara en los lugares en los que se hablan detenido, ya que no hubiera dicho estas palabras si éste hubiera estado desobedeciendo sus deseos. El profeta estaba tan satisfecho con el afecto y la compañía de Eliseo que quiso premiarle con alguna bendición final. ¡Qué prueba más grande de su carácter encerraban las palabras: “Pide lo que quieres que haga por ti”! Un escritor de los puritanos hace notar el significado de las palabras de Elías: "antes de que sea quitado de contigo", ya que hubiera sido en vano que Eliseo invocara a su maestro después. "No podía pedirsele nada como si fuera un mediador o intercesor, como enseñan erróneamente los católicos acerca de los santos y ángeles.” Cristo es el único que, en el cielo, intercede por el pueblo de Dios en la tierra. Con qué cuidado debemos leer el lenguaje de la Escritura; la simple palabra "antes” prueba la falsedad de una de las doctrinas de Roma.

“Y dijo Elíseo: Ruégote que las dos partes de tu espíritu sean sobre mí” (v. 9). Esa era la noble respuesta a las palabras de Elías: “Pide lo que quieres que haga por ti”. Elevándose por encima de los deseos y sentimientos de la carne, no pidió nada apetecible al hombre natural, sino algo espiritual, buscando la gloria de Dios, y no su propia exaltación. No creemos que pidiera algo superior a lo que su maestro había tenido, sino una porción doble de la que se comunicaba a los demás profetas. Él había de ocupar el lugar de Elías en la vida pública; habla de ser el líder de "los hijos de los profetas”, como parece indicarlo el versículo 15; y por lo tanto, deseaba estar capacitado para su misión. Con toda razón, deseó sinceramente los mejores dones; pidió una porción doble del espíritu de  profecía  de sabiduría y gracia, de fe y fortaleza  para ser “enteramente instruido para toda buena obra”.

"Y él le dijo: Cosa difícil has pedido” (v. 10). Eliseo no pidió riquezas ni gloria, sabiduría ni poder, sino una doble porción del espíritu que reposaba y obraba en su maestro. Al calificarlo de "cosa difícil”, Elías parece haber hecho énfasis en el gran valor del semejante don; era como decir: Es mucho lo que deseas. Creemos que los comentarios de Matthew Henry son muy apropiados: “Los que mejor preparados están para recibir bendiciones espirituales son los que más conscientes son de su valor, y de su propia indignidad para recibirlos." Elíseo sentía su propia debilidad y su absoluta insignificancia ante la obra a la cual era llamado, y por lo tanto, deseaba estar calificado para la misión que estaba a punto de emprender. "Si me vieres  cuando fuere quitado de ti, te será así hecho; mas si no, no” (v. 10). Su petición iba a serle concedida, y él iba a saberlo por medio de la señal mencionada: ver el traslado de Elías seria la prueba de que su petición era conforme a la voluntad de Dios, y la señal de que su deseo le era concedido; mas para que ello fuera así, su mirada había de seguir puesta en su maestro. Los cronólogos calculan que el ministerio de Eliseo dura por lo menos el doble de tiempo que el de su predecesor, y parece ser que obró doble número de milagros.

El gran momento habla llegado. Elías habla cumplido la misión que Dios le habla dado. Había conservado sus vestiduras limpias de mancha del mundo religioso apóstata. Su conflicto habla cesado; habla acabado su carrera; habla obtenido la victoria. No tenía hogar ni lugar donde descansar; así pues, prosiguió hacia su descanso celestial. "Y aconteció que, yendo ellos hablando, he aquí, un carro de fuego con caballos de fuego apartó a los dos; y Elías subió al cielo en un torbellino" (versículo 11). Debe observarse que Dios no envió su carro mientras Elías se hallaba en Samaria. No, la tierra de Israel estaba contaminada y sobre ella estaba escrita la palabra “Cabod". .Fue al otro lado del Jordán, en el lugar de separación, que esta señal de honra fue concedida al profeta. Creemos que, así como las almas de los santos son llevadas por los ángeles al paraíso (Lucas 16:22), fueron los s eres celestiales, los más nobles de ellos, los que llevaron a Elías al cielo. “Serafín” significa encendido, y se dice que Dios hace a sus ángeles "fuego flameante” (Salmo 104:4), mientras que "querubín” es el nombre de "los carros de Dios" (Salmo 68:17). "Elías iba a ser trasladado a un mundo de ángeles; así pues, los ángeles fueron enviados para que le condujeran allí" (Matthew Henry), para que pudiera ser conducido a los cielos como un conquistador triunfante.

En el traslado de Elías tenemos un testimonio claro del hecho de que hay una recompensa para los justos. Las experiencias de la vida parecen contradecir, a menudo, esta verdad. Vemos a los impíos florecer, mientras los hijos de Dios apenas tienen con qué subsistir; empero, no siempre será así. Elías fue honrado de modo muy especial en unos días en que la apostasía era casi universal; con todo, Dios quiso concederle un alto honor. Así como habla enseñado a los hombres, aunque al hacerlo ponía su vida en constante peligro, el conocimiento del único Dios verdadero, así también, ahora les enseñarla que hay un estado futuro, un mundo más allá del firmamento, en el cual los justos son admitidos y donde morarán para siempre con Dios y con toda la hueste angélica. La felicidad futura compensará infinitamente los sacrificios y los sufrimientos presentes: el que se humilla será ensalzado. La partida sobrenatural de Elías demostró, también, que el cuerpo humano puede ser inmortal. No iba a ser testigo de la verdad de la resurrección, por cuanto nunca murió; pero su traslado corpóreo al cielo proporciona pruebas indudables de que el cuerpo puede ser inmortalizado y vivir en condiciones celestiales.

En el traslado de Elías vemos cuánto mejores que los nuestros son los caminos de Dios. El profeta quiso dejar este mundo cuando se hallaba abatidos antes de que llegara la hora designada por Dios y de un modo muy inferior al que Él había preparado; había pedido, cuando se hallaba bajo el enebro: "Baste ya, oh Jehová, quita mi alma” (I Reyes 19:4). Si le hubiese sido concedido lo que pedía, ¡cuánto hubiera perdido! Y esto está registrado para nuestra enseñanza, y pone de relieve una lección que todos necesitamos tener muy presente. Debemos ponernos a nosotros mismos y todas nuestras cosas en las manos llenas de gracia de Dios, confiando de modo total en que IRI usará sus propios métodos. Si queremos hacer nuestra voluntad, de seguro saldremos perdiendo: “Él les dio lo que pidieron; mas envió flaqueza en sus almas” (Salmo 106:15). El cristiano maduro puede asegurar a sus hermanos más jóvenes que da gracias a Dios por haberle denegado lo que muchas veces le pidiera. Dios te niega tu petición porque ha ordenado para ti algo mucho mejor.

En la partida de Elías tenemos una señal y un tipo del modo sobrenatural en que todo hijo de Dios deja este mundo. A lo largo de estos capítulos hemos señalado una y otra vez que, aunque en muchos aspectos el carácter y la carrera de Elías fueron de una naturaleza extraordinaria, así y todo, en un sentido más amplio, él puede ser considerado como un santo representativo. Así fue, también, en lo que toca a este hecho final. Su salida de este mundo no fue corriente, sino que hay una gran diferencia entre ella y el fin común de la existencia terrena que experimentan los impíos. La muerte, como paga del pecado, ha sido abolida para el redimido. Para él, la muerte física no es más que un sueño para el cuerpo; en cuanto al alma, es llevada por los ángeles a la presencia inmediata de Dios (Lucas 16:22), lo cual es, en verdad, una experiencia sobrenatural. Y no todos los hijos de Dios dormirán (I Corintios 15:51). Los de la generación que esté en la tierra cuando el Salvador vuelva, verán su cuerpo transformado "para ser semejante al cuerpo de su gloria” (Filipenses 3:21), y serán arrebatados junto con los santos resucitados para "recibir al Señor en el aire” (1 Tesalonicenses 4:17). Así pues, a toda la hueste rescatada por Dios le es asegurada una partida sobrenatural de este mundo.

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